lunes, 3 de julio de 2017

Inocua

Suelen ser las seis de la mañana, tal vez las siete -ese es el margen de error del sol en la ventana- cuando envuelvo de nuevo mi almohada alrededor de la cabeza, en el perfecto equilibrio entre lo justo para que pueda respirar, y creer que aun no ha empezado el día. Dura poco ese letargo, a las ocho ya estoy tomando un café solo. Solo. Entretanto, espero que se enfríe un poco, lío un cigarrillo, preparo las pastillas. Cuando el filtro se ha arrugado lo suficiente como para que me quemen los labios en la última calada, doy el primer sorbo, paciente, no hay prisa para nada.

Luego intento hacer algunos apaños en la casa que también es la mía, aunque la desidia no tarda en volver. El sofá o la cama vuelven a arroparme; ya no contemplo los rostros cambiantes del gotelé en el el techo, prefiero cerrar los ojos, pensar que no hay nada -aunque las golondrinas y el viejo motor de un reloj me recuerden que al menos oigo-.

Llega el almuerzo y me vuelvo a sentir culpable, lastre, ancla en mitad del mar de otros. Hago mi parte, callo, hablo lo que toca, acaricio el plato sin mirar y me levanto, haciendo ver con ese movimiento que todo está en su sitio. Si friego lo ensuciado, las heridas de mis manos me recuerdan la ansiedad de las horas previas, la falta de oxígeno, la falta de un compás, de un ritmo acompañante.

Subo a mi habitación. Ruido y más ruido. No pretendo descansar, pero la almohada vuelve a abrazarme desde la nuca encerrando mis orejas, ayudando al descanso de mis hombros. No lo consigo, cambio de habitación y pasan algunas horas. La caída del sol se hace menos eterna de este modo, la espera es menos insistente en habitaciones separadas. Eso quiero creer.

La cena es simple, familiar, a veces. Después vuelvo a mi habitación, por fin en silencio. La ciudad descansa también en las afueras, solo algunos perros ladran y algunas cigarras hacen su musical nocturno. El réquiem de la noche rompe las estrellas. A veces leo, otras, busco preguntas simples que responder. Pongo música que rompa el silencio, que compita con los perros y las cigarras. Así puede ser, en cualquier momento, las cuatro de la mañana con los ojos cansados de inmovilismo. Es entonces cuando entiendo que esta rutina es la más inocua para alguien como yo.

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