viernes, 28 de julio de 2017

Fuerzas mayores

Cinco minutos bastan 
para soñar toda una vida, 
así de relativo es el tiempo.

No fui yo quien abrió la caja que se escondía en un altillo del armario. Sobre las camisas y entre las sábanas viejas solía descansar. No fui yo, lo juro. Fue un poema el que la bajó de ahí. Al abrirla encontré un mundo apenas imaginado. Encontré la levedad del deseo, el recuerdo lento que deambula por la memoria, las caricias que no son. Todo eso encerrado entre cuatro o seis paredes de cartón. Un viaje, vasos vacíos, cartas y sobres sin remitente... Marcos que guardan fotografías inmortales; sería una contradicción deshacerse de ellas.


No te rindas 
que la vida es eso, 
continuar el viaje, 
perseguir tus sueños, 
destrabar el tiempo, 
correr los escombros 
y destapar el cielo.


lunes, 3 de julio de 2017

Inocua

Suelen ser las seis de la mañana, tal vez las siete -ese es el margen de error del sol en la ventana- cuando envuelvo de nuevo mi almohada alrededor de la cabeza, en el perfecto equilibrio entre lo justo para que pueda respirar, y creer que aun no ha empezado el día. Dura poco ese letargo, a las ocho ya estoy tomando un café solo. Solo. Entretanto, espero que se enfríe un poco, lío un cigarrillo, preparo las pastillas. Cuando el filtro se ha arrugado lo suficiente como para que me quemen los labios en la última calada, doy el primer sorbo, paciente, no hay prisa para nada.

Luego intento hacer algunos apaños en la casa que también es la mía, aunque la desidia no tarda en volver. El sofá o la cama vuelven a arroparme; ya no contemplo los rostros cambiantes del gotelé en el el techo, prefiero cerrar los ojos, pensar que no hay nada -aunque las golondrinas y el viejo motor de un reloj me recuerden que al menos oigo-.

Llega el almuerzo y me vuelvo a sentir culpable, lastre, ancla en mitad del mar de otros. Hago mi parte, callo, hablo lo que toca, acaricio el plato sin mirar y me levanto, haciendo ver con ese movimiento que todo está en su sitio. Si friego lo ensuciado, las heridas de mis manos me recuerdan la ansiedad de las horas previas, la falta de oxígeno, la falta de un compás, de un ritmo acompañante.

Subo a mi habitación. Ruido y más ruido. No pretendo descansar, pero la almohada vuelve a abrazarme desde la nuca encerrando mis orejas, ayudando al descanso de mis hombros. No lo consigo, cambio de habitación y pasan algunas horas. La caída del sol se hace menos eterna de este modo, la espera es menos insistente en habitaciones separadas. Eso quiero creer.

La cena es simple, familiar, a veces. Después vuelvo a mi habitación, por fin en silencio. La ciudad descansa también en las afueras, solo algunos perros ladran y algunas cigarras hacen su musical nocturno. El réquiem de la noche rompe las estrellas. A veces leo, otras, busco preguntas simples que responder. Pongo música que rompa el silencio, que compita con los perros y las cigarras. Así puede ser, en cualquier momento, las cuatro de la mañana con los ojos cansados de inmovilismo. Es entonces cuando entiendo que esta rutina es la más inocua para alguien como yo.

domingo, 11 de junio de 2017

Fue precioso el funeral

Tengo algo que decirte, y espero que sea la última vez. No puedes girar constantemente alrededor de una verdad mientras la manchas de mentira, hasta el punto de creer que no es cierta. No puedes engañarte si es cierto lo que dices, a no ser que me hubieras mentido. Terceras, cuartas, quintas partes... Todas ellas acabaron un con "este es el final". No puedes acercarte a las ruinas y gritar que se levanten. No sirve de nada pedir que vuelvan a ser hogar.

"Márchate, esta tierra está maldita".

Sobran, sobran todas las palabras que pueda decirte, porque todas están dichas. No te pido que creas en las mías, sé que no solías hacerlo. Solo te pido que te creas tu mentira o tu verdad, pero que te lo creas. Inventa el escenario perfecto, da rienda suelta al viento que me haga marchar lejos sin que sea yo el que se mueva. De nada sirve llorar sobre la tumba abierta de un vivo.

Nunca hablé de faldas, y las palabras eran del poeta, no mías. Nunca tuve la incierta certeza de que solo pudiera estar contigo o contra mí, porque eso solo ocurre cuando no es tarde, y ya lo es. Porque ya no hay donde pueda habitar, porque, como has visto, solo quedan ruinas. Y no te culpo, de veras. Solo te pido que aprendas de mí, y, por una vez, cargues con una derrota sobre tus hombros. Tengo algo que decirte: espero que sea la última vez.







No te dicho aún,
fue precioso el funeral. 
Te transfiguré, 
una muesca que sabré disimular. 

Con los cambios de estación 
puede doler. 
Ha sido un placer, 
buena suerte, apártese.

lunes, 5 de junio de 2017

Nota de autor

No es que tenga demasiadas conversaciones abiertas, así que las preguntas me las hago yo. ¿Por qué no va a salir a la luz? ¿Por qué he borrado las últimas entradas que publiqué aquí?

Desde hace muchos años sentí que las letras entre las que no podía evitar perderme estaban ordenadas en verso. En algún momento decidí empezar a escribir, dentro de mí había ideas, emociones, hielo y fuego que necesitaban salir de algún modo. Empecé a escribir, de aquella manera.

Con el tiempo, los versos fueron madurando. Nació entonces una voz propia; cada texto tenía una voz propia, un estilo, unos rasgos que podrían diferenciar el conjunto de ellos. Pero el ritmo y la lírica no lo son todo. La forma y el relato nunca fueron suficiente. Este es el motivo, esta es mi respuesta.

Las experiencias que he vivido, las emociones que he sentido, para nada eran fieles a lo que escribía. Todas mis letras eran grises, cada estrofa escondía un puñal, tal vez imaginario, qué sé yo. No es poesía. Hubo un momento en que lo creí, pero hoy tengo la certeza.

Coincide con el nacimiento de Lorca esta conclusión. Pura casualidad, solo eso. Decía el poeta que este género no quiere adeptos, quiere amantes. Y, si nunca he sabido amar bien, ¿cómo iba a escribir algo que estuviera a la altura de lo que decía el corazón? Nunca fue suficiente.

Cuando acertaba en la forma, estructura, ritmo... Fallaba el relato. Cuando era fiel a la realidad, cuando escribía sobre lo bello que tenía cerca en aquel momento, fallaba la forma. He pasado mucho tiempo ignorando al fantasma que me dice que no es suficiente, pero hoy conozco la realidad. Ni fue suficiente aquello que escribí, ni estuvo a la altura.

En esta última etapa han surgido algunos... "textos". No me atrevo a llamarlos poemas ya. De cualquier manera, tenían la misma tonalidad que los anteriores. Ese gris oscuro, casi artificial. Sin embargo, me he centrado más a la crítica, a escribir reseñas. La sensación de que nadie te lee en los comienzos es normal. Sin embargo, cuatro años no son ningún comienzo, cuatro años son muchas oportunidades, y no es casualidad esta sequía de ojos que miran lo que escribo.

No es una derrota, es una determinación. Mi labor por la poesía no estará en las estanterías, no seré citado, no se me recordará. Mi labor está, como decía antes, en la crítica. Confiar en mi criterio. Ese mismo que me dice, "no publiques nada".

miércoles, 1 de marzo de 2017

Final

Málaga, 21.01.17

I

Una grieta
recorre todo mi cuerpo
al saber que en todos estos años
el gusano dejó de ser mariposa.

Así fue, de algún extraño modo,
en contra de la naturaleza,
de la vida y su corriente cruel,
poco a poco empecé a morir,
a dejar de brillar, a darme cuenta
de la torpeza del viento;
empecé a entender
que nada en la vida
tenía en absoluto sentido.

Así empecé a morir,
volviendo, poco a poco
a ser nada otra vez.



II

Estuvo bien jugar entonces a ser feliz,
comprar solo el billete de ida
era una idea
que parecía tener encanto.

El viaje estuvo plagado
de trenes por las esquinas,
autobuses con doble dirección,
semáforos indecisos y gente
sin sentido alguno de ser.

A la vuelta,
ninguno de los trenes anunciaban
la próxima estación.
Todas eran la última.


III

Escribo una carta que el tiempo
no me permite enviar
ni recibir.
Remitente y destinatario
tenemos el mismo nombre.
El sello es un reloj
que marcha hacia atrás;
tal vez la dirección
haya cambiado de sitio.

Empiezo pidiendo disculpas
por llevarme lejos,
por no pensar en mí,
por ir enterrando uno a uno
todos mis sueños.

Me insisto en algo
que ya sabía:
     No te fíes de las cosas
     que se hacen porque sí.

Firmo sintiéndolo en el alma
y guardo la carta en un cajón.
Mientras, el tabaco empieza a ser ceniza,
un blister de pastillas tiene los días contados.

El final se sigue acercando muy lentamente.
Le miro a los ojos desde lejos,
camina despacio hacia mí.
Mi pecho lo espera, mis manos lo espera,
mi estómago lo espera, yo fantaseo su llegada
mientras el resto lo teme
con más impotencia que yo.

viernes, 3 de febrero de 2017

Enero gris

Esta mañana no he podido evitar coger tu foto y mirar tu sonrisa. Lo primero que hice fue sonreír contigo. Justo después, apretar los dientes y dejar que las lágrimas acaricien mis ojeras. No porque ya no estés, no porque te fueses demasiado pronto. Fue porque yo no sonreía como tú. Quise pedirte perdón, por todas las veces que me he rendido, por todos los muros que no sé saltar, por mis calles sin salida, por todas las batallas que he perdido. 
Quise pedirte perdón,
pero ya no estás,
y yo no quiero seguir. 

viernes, 6 de enero de 2017

Carta al pasado

Pedir disculpas sería una buena forma de empezar. Creo saber todo lo que ha pasado, pero al mismo tiempo me persigue una sombra que dice que dude, que reniegue de las certezas, que entierre todas mis verdades. Lo cierto es que en estos años ha ido fallando el plan A, el improvisado plan B, y el plan C no es más que una toalla en el suelo, una bandera blanca ignorada por todo. No sabría qué decirte, no sabría qué hacer sí volviera a nacer. Ha pasado tanto tiempo en el que lo he dado todo, que no sé si quedan balas en la recámara ni si quiero utilizarlas contra mí. Seguramente no estés entendiendo nada, pero tranquilo, todo será como tenga que ser. 

No sé si podrás perdonarme todo esto que acabarás siendo, pero te aseguro que no he podido hacer más. Lo que tienes delante son las cenizas de todo lo que había. Te he llevado lejos de donde quieres estar, pensé que resultaría positivo, pero el problema no estaba ni en el lugar, ni la solución en el cómo. El problema estaba en nosotros, y no sabría decirte desde cuando. Tal vez ahora, cuando estés leyendo esto, no me creas si te digo que todo va mal y que el origen está muy adentro. Te he encerrado en una espiral que se hace eterna, en el silencio, en la soledad. Te he robado varios años de salud, de felicidad, de compañías que, te aseguro, van a faltar en algún momento y no podrás hacer nada por recuperarlas. He devorado tus sueños, tus aspiraciones, he creado dentro de ti el vacío más absoluto y nada ni nadie puede salvarme ya de todo eso. He creado demonios dentro de ti, sombras que antes eran luz, he hecho de tu sonrisa un enigma sin solución, de tu corazón, un saco de arena mojada. A partir de ahora, de mi presente, siempre será tarde. 

De cualquier manera, solo puedo decirte algo, y sé que de este modo irá todo mejor. Cumple tus objetivos. La vida está construida alrededor del fracaso; el mundo, tal y como está ordenado, nos quiere así. Tristes, fracasados, hastiados...

No somos libres, amigo. Aunque eso siempre lo supiste.





Sintiéndolo en el alma, Guillermo Vera, 2017

viernes, 30 de diciembre de 2016

La falsa presencia y las redes

Trataré esto con mucha brevedad, pues jamás vería la luz este texto si lo alargo tanto como me gustaría. Cuando todo un sistema de valores que se contradice a sí mismo logra impregnar toda la esfera de una sociedad, surgen tensiones entre la percepción que alguien tiene de sí mismo como sujeto concreto y la idea que ese individuo puede tener de sí mismo integrado en un cuerpo social. Hablaré de lo que me he tomado la libertad de llamar falsa presencia. Hay infinidad de aspectos que me querría tratar, pero en este momento, esto es lo que más relevancia tiene.

Con la venida en tropel de la llamada sociedad de la información (que no es más que una sobreinformación a la prole cuya última consecuencia es perpetuar la desinformación) no solo se nos ha inundado completamente de datos e información de cuestionable veracidad, sino que, con una latente falta de libertad mayoritaria, hemos sido introducidos sin dilación alguna en las dinámicas de los datos, asumiendo todos los requisitos que éstos deben cumplir en esta era de la información. Esto, cómo no, lo hacemos inconscientemente a través de las redes sociales.

Para ser más explícito (y de verdad que lo odio), Whatsapp es una gran fuente de información sobre la gente de nuestro entorno, solo que con el obstáculo, cada vez menor, de necesitar un número de teléfono. Hoy es casi un código de barras o una suerte de matrícula. ¿Quién no tiene una amiga a quien le ha hablado un desconocido después de una fiesta? Precisamente, ese anonimato y erotización de lo desconocido, esa necesidad de descubrir cosas porque lo cercano y cotidiano aburre, es un pilar fundamental en todo esto; no hay más que ver la función "encontrar personas" (o como sea) de muchas aplicaciones y redes sociales que se utilizan a diario. Aunque sea una de las espadas de la posmodernidad de la que emanan los demás cuchillos, voy a centrarme en estos últimos, porque la espada en sí tiene mucho de que hablar y muchos castillos y arcoíris que desmontar y bajar de las nubes. 

Continúo con aquello de la falsa presencia. Casi cualquier persona es fácilmente localizable en cualquier momento, y no tiene porqué saberlo. A través de las redes sociales, se da una imagen de falsa omnipresencia, de una entrega total a la tribu, al menos de forma espiritual. Imagino los grupos de Whatsapp como una suerte de sala en la que varias personas están sentadas en círculo, con más o menos comodidad, esperando que la voz cantante se arranque a decir algo. Lo mismo sucede con los chats y conversaciones privadas. Es una presión constante saber que alguien te ha escrito y no tener ganas o necesidad de responder. Yo debo tener cerca de veinte chats sin responder, y admito que en ocasiones me siento culpable. 

Sin embargo, Twitter se lleva el primer puesto en cuanto a depredación social del espacio íntimo. Bien es cierto que nadie publica algo que no quiere. O eso nos dice la ideología que habla de libertad y falsos sueños. No, no somos libres. Ni el que publica una foto en el Bernabeu, ni la que tiene un cuerpo normativo y se publica desnuda en la red. Sin entrar en juicios de que sea correcto o incorrecto, apropiado o inapropiado (no tengo la potestad de determinarlo), lo cierto es que no somos libres, y los usuarios, tampoco. Como antes sucedía en lo barrios, en la red existe una multiplicidad de roles que se asumen prácticamente por inercia. Aquí podría entrar el factor de fruición cómoda, donde triunfa el hedonismo neoliberal y la falsa sensación de libertad. En Twitter se cuenta todo, llega a ser hasta enfermizo ver como se puede llegar a conocer la intimidad de tantas personas a la vez siendo un usuario medio de esta red social, y es que se mezclan los factores básicos para la receta perfecta de la posmodernidad y su cinismo imperante: 

  • Brevedad forzada: 140 caracteres, se cuenta poco y mal. Esto lleva al segundo punto.
  • Falso intelectual: Al ser todo tan breve, se premia más ser ágil que alcanzar profundidad. Además, aparece el nuevo ensayo: los hilos, una casi infinita sucesión de mensajes de 140 caracteres cada uno en los que se desarrolla algún tema de manera muy poco didáctica. No lo digo yo, es que el formato impide profundizar.
  • Anonimato: Esencial en todo este proceso. Las redes lo facilitan, pero en la vida real (si podemos llamar así a un escenario de máscaras y falsedad) es hasta más tangible. Una noche de fiesta, la música no permite hablar apenas, la ropa no da pie a ser algo más que carne, la compañía te somete a no pensar. Elisabeth Noelle Neumann. En las redes, a esto se le añade la posibilidad de construir tu propia imagen. Te puedes llamar fotógrafa, poeta, cómico, escritor, mourinhista... Formar una identidad a partir de etiquetas e instancias sociales ya establecidas, un marco cognitivo que para nada es nuestro, viene dado. Repito, no somos libres.
Por último, veo necesario hacer hincapié en la doble dirección a la que apuntan las balas cuando la ideología toma cuerpo social. Por un lado, se enarbola un individualismo rancio, señalado desde la izquierda como alienante y esquivo ante los intereses reales de un sujeto. Por otro lado, de alude a la globalización y a los avances tecnológicos que permiten conectar personas (como aquel eslogan publicitario) de lugares muy distintos. Lo cierto es que una de esas dos direcciones tiene matices. La otra, directamente es un insulto a la inteligencia. Empiezo por los matices: es rancio, sí, y es alienante, por supuesto. Sin embargo, discrepo que sea del todo individualismo. Es cierto que estos imaginarios sociales y marcos cognitivos impuestos hacen individuos que solo miran por sí mismos, pero ello no los aísla del todo, ya que interactúan, con una máscara y un disfraz que se han cosido con aquello que han ido encontrando por el camino artificial de la socialización (personificación, se atreven a llamar algunos conductistas). No obstante, esa interacción será, siempre que ocurra en espacios de anonimato, zafia y vulgar. 

En cuanto a la globalización, me niego siquiera a elaborar una crítica, porque es la segunda mentira más grande que nos llevan contando desde comienzos de siglo.

sábado, 17 de septiembre de 2016

H

Podría estar en otro lugar, podría hacer lo que soñé hacer, donde tal vez debiera estar.