¿Cuál es el origen del poema? Era necesario que te cruzases en mi vida para crear todo lo que he creado, pero es muy banal pensarte como un medio. El poeta se debate entre ser un ladrón de palabras o un inepto que no entiende nada pero se cree todos los besos que le dan. En esa guerra he estado siempre, sin saberlo. Ahora tomo conciencia de todo, lo entiendo a la perfección. Todo lo que me corresponde, quiero decir. Mis dudas elementales, como una suerte de Evangelio, siguen ahí: ¿Por qué yo, si tenías todo a tu alcance? ¿Por qué te vas? ¿Por qué no te has ido? Amén. Demasiado compromiso para edades tan sedientas, dice Santi en su libro. No puedo empatizar con él porque yo no he sido un cazador de cuerpos; yo quería la paz, la calma, la seguridad. Y me llamaban criminal por ello.
Ahora lo entiendo todo, decía: yo no podía asumir todo lo que necesitaba aquel proyecto inestable, discontinuo e improvisado. No al menos con el gran desconocimiento de mí que tenía. Ahora me sé al dedillo. Por eso vivo en una trinchera infinita del mundo. Era cierto, no, Guille, no estás bien. Maldita paciencia eterna la tuya. Tuvimos que romper el tiempo para detenerla y que fueras cabal. Era cierto, no puedo ser feliz con nadie, era cierto. Ahora me conozco las esquinas que tú viste antes incluso que yo. Mirada felina y astuta. Te he escrito algunos poemas más, ya con la autoridad que me da el fracaso, como diría Fitzgerald. Aunque he encontrado otros mares, sigo viviendo en un desierto. ¿Puedo decirte que todo me sabe a poco?
Hace unas semanas leí un libro que quise recomendarte. Lo detesté, fue horrible, pero seguro que te encantaría. Un día negro en una casa de mentira. Tal vez lo quieras buscar cuando acabe este simulacro de apocalipsis occidental. Con la lucidez del tiempo pienso bastante últimamente. Lo hicimos tan mal. Y aun así te reirás: volvería a revivirlo sin dudar. Tengo hambre. Cuídate mucho.
martes, 7 de abril de 2020
miércoles, 19 de febrero de 2020
Insalvable
Todo eran simulacros. Es una forma sutil para excusarse de un pasado que no termina nunca de salir bien. Salgo del mar dando pasos lentos y dejo caer al suelo una bata mojada y presa de la sal. Ahora intento al menos que el próximo simulacro sea algo más sólido que los anteriores. Siempre prometo lo mismo.
Voy a construir la casa donde estaré para toda la vida, dice mi voz interpretando la triste canción al tiempo que unos dedos algo sangrientos e inflamados estrangulan los acordes originales. Asimilo el papel, inconscientemente asumo la animalización de una bestia triste y solitaria: dejo salir al verdadero Guillermo, al marginado y tarado que se esconde de todo porque nada puede. ¡Sí! Es cierto, puedo también interpretar un papel y fingir que todo va como deberían ir las cosas a ojos de cualquiera, pero no es tan sencillo. Finjo, es cierto, pero este papel se quemará del todo algún día, porque lo sujeto con unas manos que son fuego y vacío a presión negativa, como si guardase entre mis dedos un secreto del sol y toda su fuerza estuviera escondida bajo mi piel. Tócame y verás que arde todo.
¡Voy a construir la casa! ¿Has escuchado esto? Sí, mi voz ha tenido que parar de la vergüenza. ¡Construir! ¡Una casa! ¿Qué hogar, qué casa, qué construcción? Si yo soy ruina, si yo soy el polvo de preciosos intentos por hacer un lugar habitable y acogedor hechos añicos, derruidos en la todopoderosa realidad de mis precipicios. Hace un tiempo pensé que quizás el problema estaba en mi incapacidad para salvar esos vacíos, que yo, si cambiaba de algún modo magistral, sería capaz de saltar los grandes huecos que me separan del mundo. A veces caigo de nuevo en esta pequeña dosis de fe, pero tardo poco en darme cuenta: yo soy el vacío insalvable. Insalvable, qué hermosa palabra...
No sé por qué no desisto. Puede que me ate al mundo lo extraordinariamente humano que hay en mí. Humano, demasiado humano, es sin duda de una tremenda bondad. ¿Soy un niño puro y asfixiado por esta prisa? No, eso no explica la angustia, pero quizás sí la soledad. Si dejo a un lado la máscara los ojos del otro me miran con tristeza y condescendencia. Nadie quiere compartir techo con la pena, el mundo hoy solo quiere lo positivo y su placer aparente, hasta tal punto que son capaces de ignorar una lágrima, unos ojos tristes, una ausencia. Estamos solos. Partiendo de esto, no tiene sentido construir una casa. Moriré a la intemperie y nadie lo sabrá.
Voy a construir la casa donde estaré para toda la vida, dice mi voz interpretando la triste canción al tiempo que unos dedos algo sangrientos e inflamados estrangulan los acordes originales. Asimilo el papel, inconscientemente asumo la animalización de una bestia triste y solitaria: dejo salir al verdadero Guillermo, al marginado y tarado que se esconde de todo porque nada puede. ¡Sí! Es cierto, puedo también interpretar un papel y fingir que todo va como deberían ir las cosas a ojos de cualquiera, pero no es tan sencillo. Finjo, es cierto, pero este papel se quemará del todo algún día, porque lo sujeto con unas manos que son fuego y vacío a presión negativa, como si guardase entre mis dedos un secreto del sol y toda su fuerza estuviera escondida bajo mi piel. Tócame y verás que arde todo.
¡Voy a construir la casa! ¿Has escuchado esto? Sí, mi voz ha tenido que parar de la vergüenza. ¡Construir! ¡Una casa! ¿Qué hogar, qué casa, qué construcción? Si yo soy ruina, si yo soy el polvo de preciosos intentos por hacer un lugar habitable y acogedor hechos añicos, derruidos en la todopoderosa realidad de mis precipicios. Hace un tiempo pensé que quizás el problema estaba en mi incapacidad para salvar esos vacíos, que yo, si cambiaba de algún modo magistral, sería capaz de saltar los grandes huecos que me separan del mundo. A veces caigo de nuevo en esta pequeña dosis de fe, pero tardo poco en darme cuenta: yo soy el vacío insalvable. Insalvable, qué hermosa palabra...
No sé por qué no desisto. Puede que me ate al mundo lo extraordinariamente humano que hay en mí. Humano, demasiado humano, es sin duda de una tremenda bondad. ¿Soy un niño puro y asfixiado por esta prisa? No, eso no explica la angustia, pero quizás sí la soledad. Si dejo a un lado la máscara los ojos del otro me miran con tristeza y condescendencia. Nadie quiere compartir techo con la pena, el mundo hoy solo quiere lo positivo y su placer aparente, hasta tal punto que son capaces de ignorar una lágrima, unos ojos tristes, una ausencia. Estamos solos. Partiendo de esto, no tiene sentido construir una casa. Moriré a la intemperie y nadie lo sabrá.
"No reconozco a nadie y sin embargo
cuando pienso que eran rostros que ayer
eran toda mi vida
sé que ya no estoy
y que no quiero mirar la pared
nunca más en la vida."
cuando pienso que eran rostros que ayer
eran toda mi vida
sé que ya no estoy
y que no quiero mirar la pared
nunca más en la vida."
domingo, 26 de enero de 2020
¿No?
Ven, acércate. No quiero que tengas miedo. Mi respuesta habría sido otra, es cierto, pero no voy a juzgarte. Necesito darte explicaciones aunque no las pidas.
No sé cuál es el origen de todo esto. Yo recuerdo una época de mi vida en la que, al preguntarme a mí mismo, me sabía feliz y tranquilo. De aquello hace ya muchos años.
Al principio vino la rabia. No entendía nada, ni tampoco quienes me querían. Aquello hizo todo mucho más frustrante. No funcionaba como se suponía que alguien de unos 15, 16 o 18 años debía funcionar. No me hacía feliz lo que debía hacerme feliz. El ocio, la fiesta, todo pasaba por mí como un trabajo, como algo que tenía que hacer, interpretando el papel de un joven normal, adaptado.
Luego dejé caer el fuego de mis manos, asfixiado de la máscara que utilizaba públicamente, y sintiéndome un demonio sucio por enseñar mi rostro real a quienes sembraban confianza en mí. Insisto, todo se volvió intransitable, toda forma de existencia era frustración. Alguna vez te lo he dicho: la vida es compartir. ¿Quién quiere compartir su vida con alguien que no quiere vivir? Disculpa, estoy siendo injusto conmigo. No es que no quiera, es que no puedo. Ese es el segundo punto. Anhedonia es un término que no termina de convencerme, pero varias personas con un diploma en la pared me lo han puesto en la frente. Puede que deba hacerles caso, o que no esté yo en la plena capacidad de decidir sobre mis etiquetas. Lo que sí puedo adjudicarme es ser un gran actor. Quizás ya te lo veías venir. O bien era un triste, o un aburrido. No, no, no te sientas mal. Coincido en el razonamiento. Es completamente lógico: tú sabes vivir, yo no. Soy todo lo extraño a ti. Eso, amor, es el único lado bueno de todo esto. ¿Te imaginas que además tuvieras tú los mismos trastornos mentales que yo? No, no... Es comprensible. No acabo de entender la respuesta, como te dije al principio, pero entiendo que te asustes, entiendo que no quieras más, entiendo que nunca quisieras. Pero a mí la honestidad me gusta llevarla bajo el disfraz, y solo desnudarme cuando estamos en un contexto algo más íntimo. Es incómodo mostrarse tan apático siempre; la sinceridad a veces se torna un lastre social, quién lo diría.
Yo había empezado una metáfora útil para esta situación... ¡Si! Disculpa de nuevo esta verborrea, las ideas son tan escapistas como yo y tienden a la fuga masiva. El fuego cayó y arrasó con todo. Mis aspiraciones se limitaron a la inercia de lo que hago ahora, nada más. No tengo nada más porque no quiero nada. Cielo, puedo parecer contradictorio, lo sé, pero yo quiero que estés bien, no que estés conmigo. Hablo, como diría Scott Fitzgerald, con la autoridad que me da el fracaso. ¡Ya no quiero que arda todo!
No tengo rabia, solo pena. Sigo sin entender por qué todo esto, por qué esta limitación, por qué mi incapacidad, por qué mi máscara, mi sonrisa falsa, mi lágrima de medianoche... Entiendo el terror hacia mí, entiendo el abandono, entiendo la lástima. Pero todo va a seguir igual. ¿No?
No sé cuál es el origen de todo esto. Yo recuerdo una época de mi vida en la que, al preguntarme a mí mismo, me sabía feliz y tranquilo. De aquello hace ya muchos años.
Al principio vino la rabia. No entendía nada, ni tampoco quienes me querían. Aquello hizo todo mucho más frustrante. No funcionaba como se suponía que alguien de unos 15, 16 o 18 años debía funcionar. No me hacía feliz lo que debía hacerme feliz. El ocio, la fiesta, todo pasaba por mí como un trabajo, como algo que tenía que hacer, interpretando el papel de un joven normal, adaptado.
Luego dejé caer el fuego de mis manos, asfixiado de la máscara que utilizaba públicamente, y sintiéndome un demonio sucio por enseñar mi rostro real a quienes sembraban confianza en mí. Insisto, todo se volvió intransitable, toda forma de existencia era frustración. Alguna vez te lo he dicho: la vida es compartir. ¿Quién quiere compartir su vida con alguien que no quiere vivir? Disculpa, estoy siendo injusto conmigo. No es que no quiera, es que no puedo. Ese es el segundo punto. Anhedonia es un término que no termina de convencerme, pero varias personas con un diploma en la pared me lo han puesto en la frente. Puede que deba hacerles caso, o que no esté yo en la plena capacidad de decidir sobre mis etiquetas. Lo que sí puedo adjudicarme es ser un gran actor. Quizás ya te lo veías venir. O bien era un triste, o un aburrido. No, no, no te sientas mal. Coincido en el razonamiento. Es completamente lógico: tú sabes vivir, yo no. Soy todo lo extraño a ti. Eso, amor, es el único lado bueno de todo esto. ¿Te imaginas que además tuvieras tú los mismos trastornos mentales que yo? No, no... Es comprensible. No acabo de entender la respuesta, como te dije al principio, pero entiendo que te asustes, entiendo que no quieras más, entiendo que nunca quisieras. Pero a mí la honestidad me gusta llevarla bajo el disfraz, y solo desnudarme cuando estamos en un contexto algo más íntimo. Es incómodo mostrarse tan apático siempre; la sinceridad a veces se torna un lastre social, quién lo diría.
Yo había empezado una metáfora útil para esta situación... ¡Si! Disculpa de nuevo esta verborrea, las ideas son tan escapistas como yo y tienden a la fuga masiva. El fuego cayó y arrasó con todo. Mis aspiraciones se limitaron a la inercia de lo que hago ahora, nada más. No tengo nada más porque no quiero nada. Cielo, puedo parecer contradictorio, lo sé, pero yo quiero que estés bien, no que estés conmigo. Hablo, como diría Scott Fitzgerald, con la autoridad que me da el fracaso. ¡Ya no quiero que arda todo!
No tengo rabia, solo pena. Sigo sin entender por qué todo esto, por qué esta limitación, por qué mi incapacidad, por qué mi máscara, mi sonrisa falsa, mi lágrima de medianoche... Entiendo el terror hacia mí, entiendo el abandono, entiendo la lástima. Pero todo va a seguir igual. ¿No?
sábado, 18 de enero de 2020
Onírica la sed
Guárdame amor, del frío guárdame. Me llegan vientos helados de donde nacen los monstruos, pero no alcanzo a ver la pena en sus caras.Tengo los pies congelados y me duelen las manos hundidas en mi pecho. Guárdame amor, tú que tienes mi cuerpo en una bandeja de cristal. Yo te escondo las palabras porque tengo miedo a saberme imposible entre tus brazos. Si me buscas te las daré, serán todas solo tuyas. Si me buscas dímelo, porque tengo miedo a saberme imposible. Un reloj se ha roto en mi boca de tanto esperar. Ven y roza tus dedos con mis labios. Hazme un sitio en tu regazo, vamos a dormir.
Mas las ventanas no aparecen, o no soy capaz
de hallarlas, y tal vez mejor que no lo haga jamás.
martes, 8 de octubre de 2019
Sala de máquinas en orden
Hemos forzado demasiado la máquina. Toda una tripulación de soñadores frustrados achica el agua que lleva años entrando por las grietas de mi nave. Están ahogados pero no lo saben.
Ahora la marea arrastra una montaña de hojalata oxidada por dentro, con algunos desperfectos de inmadurez en la cubierta externa. No hay nada más atroz que la deriva.
Pasan a mi lado y no dicen nada. Me miran a los ojos y no ven el hundimiento. Abro la boca y parece que todo va bien. La interpretación intermitente de un papel se cronifica: preguntas poco relevantes sobre la salud de los otros. ¿Y la mía, qué hay de la mía? Hoy no me importa.
Nadie me cuida y no lo añoro. La última vez que sentí unos cuidados efectivos en mí me prepararon una sopa caliente. Hoy toda atención hacia mí es inútil. No me cuidéis no, ya no por favor. No más ensañamiento, eso es levantar otra pared contra la que chocarme al levantar y no poder.
Hemos forzado la máquina en exceso pero el mundo no lo puede saber. Jamás tocaremos fondo porque el fondo lo recreo nuevamente a cada instante. Todos los días son el mismo día pero el vaso colmado inunda esta habitación. El mismo día pero siempre peor. Tan solo sé que no quiero esto.
Ahora la marea arrastra una montaña de hojalata oxidada por dentro, con algunos desperfectos de inmadurez en la cubierta externa. No hay nada más atroz que la deriva.
Pasan a mi lado y no dicen nada. Me miran a los ojos y no ven el hundimiento. Abro la boca y parece que todo va bien. La interpretación intermitente de un papel se cronifica: preguntas poco relevantes sobre la salud de los otros. ¿Y la mía, qué hay de la mía? Hoy no me importa.
Nadie me cuida y no lo añoro. La última vez que sentí unos cuidados efectivos en mí me prepararon una sopa caliente. Hoy toda atención hacia mí es inútil. No me cuidéis no, ya no por favor. No más ensañamiento, eso es levantar otra pared contra la que chocarme al levantar y no poder.
Hemos forzado la máquina en exceso pero el mundo no lo puede saber. Jamás tocaremos fondo porque el fondo lo recreo nuevamente a cada instante. Todos los días son el mismo día pero el vaso colmado inunda esta habitación. El mismo día pero siempre peor. Tan solo sé que no quiero esto.
viernes, 9 de agosto de 2019
La juventud
Entonces alguien con los pies apoyados en la mesa afirmó sentirse joven. Mientras exponía sus argumentos de un modo ordenado y premeditado, como si la intervención estuviera preparada desde días atrás, yo comencé con mi común ejercicio de analizar la forma en que veo el reflejo de lo ajeno en mí. ¿Yo soy joven? Apenas acabo de cumplir esta noche veintidós años y sigo sin sentirme joven, sin saber de la frescura de los años en los que el cuerpo todavía no duele y permite hacer de todo. Justo ahora recuerdo la frase que escribí en el papel donde abandono ideas inmaduras: Estoy tan tristemente desperdiciado... No sé qué es ser joven, nunca lo he vivido, y nunca lo viviré. Algunos viven una segunda juventud. No será mi caso, pues para ello es necesario una primera.
Estoy abocado a la culminación de mi peculiar fantasía distópica: Llegará el día en que nadie me felicite por mi cumpleaños. Hoy, excluyendo a siete familiares, solo tres personas me han felicitado, de las cuales solo una lo hizo sin yo esperarlo, porque recordaba la fecha. Me parece de mal gusto felicitar el cumpleaños de alguien que no quiere que pase el tiempo en ningún sentido, que no quiere ser. Mi abuelo materno disfrutó mucho sus últimos cumpleaños. Él decía que le estaba ganando batallas a la vida. Yo siento que las pierdo contra el tiempo. Desperdicio tanto el tiempo... Nunca me arrepentiré. Es una forma de condena saberlo.
Entonces quitó los pies de la mesa y dijo que los dolores son los que marcan la juventud, porque limitan las aspiraciones y capacidad de satisfacer los deseos de vivir determinadas experiencias. Con esas palabras lo entendí todo. Interpretándolo a mi manera supe que mi dolor me limita en absolutamente todo lo que me proponga, impidiéndome sentir el placer y la paz de estar haciendo bien las cosas. Por eso tengo la cabeza agachada y las manos cruzadas entre sí. Por eso no miro al frente y solo espero que pase el tiempo y espero y espero y espero sin más. No me juzguen, me duele tanto mirar la vida que estoy en una limitación constante, y no puedo más que hablar del dolor propio, o sonreír por la alegría de otros. Mi felicidad nunca será mía porque la angustia que acompaña al dolor es crónica y se reagudiza sin ningún criterio lógico. Una máquina rota a ratos. Pero duele igual.
Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...
Estoy abocado a la culminación de mi peculiar fantasía distópica: Llegará el día en que nadie me felicite por mi cumpleaños. Hoy, excluyendo a siete familiares, solo tres personas me han felicitado, de las cuales solo una lo hizo sin yo esperarlo, porque recordaba la fecha. Me parece de mal gusto felicitar el cumpleaños de alguien que no quiere que pase el tiempo en ningún sentido, que no quiere ser. Mi abuelo materno disfrutó mucho sus últimos cumpleaños. Él decía que le estaba ganando batallas a la vida. Yo siento que las pierdo contra el tiempo. Desperdicio tanto el tiempo... Nunca me arrepentiré. Es una forma de condena saberlo.
Entonces quitó los pies de la mesa y dijo que los dolores son los que marcan la juventud, porque limitan las aspiraciones y capacidad de satisfacer los deseos de vivir determinadas experiencias. Con esas palabras lo entendí todo. Interpretándolo a mi manera supe que mi dolor me limita en absolutamente todo lo que me proponga, impidiéndome sentir el placer y la paz de estar haciendo bien las cosas. Por eso tengo la cabeza agachada y las manos cruzadas entre sí. Por eso no miro al frente y solo espero que pase el tiempo y espero y espero y espero sin más. No me juzguen, me duele tanto mirar la vida que estoy en una limitación constante, y no puedo más que hablar del dolor propio, o sonreír por la alegría de otros. Mi felicidad nunca será mía porque la angustia que acompaña al dolor es crónica y se reagudiza sin ningún criterio lógico. Una máquina rota a ratos. Pero duele igual.
Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...
martes, 23 de julio de 2019
Yo, que no sé bailar
Si estuviera sano, probablemente querría verte bailar. Probablemente, de hecho, te habría visto bailar ya innumerables veces. Sonreirías mientras tanto —lo puedo imaginar—, y yo también sonreiría, no solo por verte bailar y verte sonreír, sino que yo también estaría sonriendo de propia felicidad. Y también bailando. Incluso me habría atrevido demasiado pronto a insinuarme con descaro. ¿Quién sabe si me habrías seguido el juego? Te habría sugerido ir a cenar, al cine, a un concierto, antes —quizás— a merendar o tomar algo sin que ocupe mucho tiempo... Te habría dejado las cosas bastante claras, sin tener la actitud huidiza propia de tan grandes inseguridades que me hacen hoy quién soy. Tendrías todas mis cartas —o eso te haría creer— sobre tu mesa, y si las hubieras rechazado, en mí no reinaría un dolor tan profundo como el que tengo ahora establecido de base. Sería capaz de ofrecerte toda una vida, pondría en duda que aquélla que tienes hoy pudiera ser mejor que una conmigo. Seguramente confiaría en mi capacidad de hacerte feliz, de ser tu refugio y tu compañero de viaje. Aun así, también tendría más oportunidades con otras mujeres, y entonces no sabría si te elegiría a ti también. Sería todo más frívolo, pero eso es cualidad de toda vida en movimiento, aunque suene redundante hablar de vida y cambio. Sería todo muy distinto. Llevo años en los que vivo amurallado entre libros y canciones que hablan de cosas que no tengo.
Estoy divagando demasiado, lo siento. Todo esto es porque una canción, estúpida cuanto menos, lleva repitiéndose en mi cabeza toda la tarde. Decía "you have never danced like this before". Solo puedo compartir el tono melancólico del chico que canta con un pelo extraño. No veo a la gente bailar porque no bailo. Puede que sea síntoma, o tan solo que mi forma de ser —curiosísima expresión, forma de ser como sinónimo de algo inamovible— es incompatible con la inmensa mayoría de manifestaciones sociales de alegría, ocio y diversión. ¿Puede acaso amar alguien que se siente completamente extraño cuando se trata de bailar? ¿Puede amar alguien que siente un escalofrío devastador al ver la sonrisa bárbara que brota al bailar? Rotundamente no. Pude sentir, si acaso, el anhelo de amar, y puede más adelante entender la incapacidad emocional que se deriva de ello. Para amar se requiere una completa capacidad y disposición a dar, a volcar el Yo en el Otro. Si el Yo no tiene nada en absoluto, o todo en Él es ceniza y polvo, escombros de otra cosa, resulta que nada puede dar, y por tanto a nadie puede amar de verdad. Todo en mí es anhelo. Vuelvo a sentir miedo. La canción también decía, creo recordar, shouldn't talk about this. Fingiré, como siempre hago, que estoy sereno, que soy calma, paz. Seguiré inspirando confianza a quienes amo, o creo amar. No obstante, inventaré cada vez excusas más creíbles para no bailar.
Estoy divagando demasiado, lo siento. Todo esto es porque una canción, estúpida cuanto menos, lleva repitiéndose en mi cabeza toda la tarde. Decía "you have never danced like this before". Solo puedo compartir el tono melancólico del chico que canta con un pelo extraño. No veo a la gente bailar porque no bailo. Puede que sea síntoma, o tan solo que mi forma de ser —curiosísima expresión, forma de ser como sinónimo de algo inamovible— es incompatible con la inmensa mayoría de manifestaciones sociales de alegría, ocio y diversión. ¿Puede acaso amar alguien que se siente completamente extraño cuando se trata de bailar? ¿Puede amar alguien que siente un escalofrío devastador al ver la sonrisa bárbara que brota al bailar? Rotundamente no. Pude sentir, si acaso, el anhelo de amar, y puede más adelante entender la incapacidad emocional que se deriva de ello. Para amar se requiere una completa capacidad y disposición a dar, a volcar el Yo en el Otro. Si el Yo no tiene nada en absoluto, o todo en Él es ceniza y polvo, escombros de otra cosa, resulta que nada puede dar, y por tanto a nadie puede amar de verdad. Todo en mí es anhelo. Vuelvo a sentir miedo. La canción también decía, creo recordar, shouldn't talk about this. Fingiré, como siempre hago, que estoy sereno, que soy calma, paz. Seguiré inspirando confianza a quienes amo, o creo amar. No obstante, inventaré cada vez excusas más creíbles para no bailar.
martes, 9 de julio de 2019
Pequeño vio el futuro
¿Por qué le duele tanto? Está cansado, mira sus ojos sin esfuerzo en mirar, fíjate en cómo se cae su respiración lentamente, como deseando que fuese la última. Las manos heridas de angustia, la vista cansada de un contemplar pasivo, de un aparente ser delante de todo lo que es. Camina con el paso decidido de un muerto, asume su condición de nadie, y no soporta esa incongruencia: ¿por qué tiene que ser, si su vida no es? Respuestas encomendadas a su eterno y parcial silencio. ¿Qué esfuerzos valdrán la pena? ¿Acaso se diferencia de algo la pena que tiene de base, con la que obtiene a cambio de intentar vivir?
El amor es otra cuestión que quizá sea el centro de su tormenta particular. Padece de una incapacidad emocional total de hecho: en cuanto se plantea siquiera amar (como si fuera algo que se plantease en términos teóricos, y no una verdad que brota del fondo de su ser), se clavan en su alma verdades como flechas bañadas en venenos artificiales. Dice que este mundo no permite amar bien. Dice que estamos sobreexpuestos. Dice que no puede darle a nadie una vida bonita. Lo peor de todo es que tiene razón. ¿Qué vida puede dar si él no quiere vida? Dice, por último, que si algo ha aprendido es que nunca hay que permitir el dolor que se pueda evitar. Por eso no habla con nadie, por eso vive encerrado entre libros y canciones tristes que le hacen sentir bien, no por la tristeza, sino por la comprensión.
Pero, de cualquier modo, está cansado de que duela tanto. Y entonces yo me vuelvo a asustar, porque tiembla la isla entera, se quiebra el suelo y un estruendo parte todo por la mitad. No quiero ser ese muerto viviente cuando sea mayor. No quiero no tener otra salida más que la muerte.
El amor es otra cuestión que quizá sea el centro de su tormenta particular. Padece de una incapacidad emocional total de hecho: en cuanto se plantea siquiera amar (como si fuera algo que se plantease en términos teóricos, y no una verdad que brota del fondo de su ser), se clavan en su alma verdades como flechas bañadas en venenos artificiales. Dice que este mundo no permite amar bien. Dice que estamos sobreexpuestos. Dice que no puede darle a nadie una vida bonita. Lo peor de todo es que tiene razón. ¿Qué vida puede dar si él no quiere vida? Dice, por último, que si algo ha aprendido es que nunca hay que permitir el dolor que se pueda evitar. Por eso no habla con nadie, por eso vive encerrado entre libros y canciones tristes que le hacen sentir bien, no por la tristeza, sino por la comprensión.
Pero, de cualquier modo, está cansado de que duela tanto. Y entonces yo me vuelvo a asustar, porque tiembla la isla entera, se quiebra el suelo y un estruendo parte todo por la mitad. No quiero ser ese muerto viviente cuando sea mayor. No quiero no tener otra salida más que la muerte.
Dije de niño cuando supe
lo que estaba por venir.
No quiero llorar, quiero gritar de impotencia, pero no sale la voz.
lunes, 10 de junio de 2019
Volcán
Voy a contarte un cuento. Puede que también me lo invente, no voy a mentirte.
Por suerte no acabó todo ahí. Fui a parar a una isla desierta (¡de la que hablaba al principio!), nadie pasa por aquí, y si lo hacen, suelo esconderme o disfrazarme de algún animal autóctono. Nunca pensé que un lugar tan pequeño pudiera sentirlo como algo extremadamente grande para mí. A veces desentierro el baúl, cierro los ojos, pienso cómo sonreía... Sé que hubo un tiempo en que todo iba bien, un tiempo donde mi hogar no era una isla y quien pasaba por delante solía quedarse a charlar un rato. Ahora mismo no es así. Si alguien habla conmigo, puedo contarle infinidad de cosas sobre naufragios, cartas desesperadas en botellas de cristal, incluso algunas historias tristes que he inventado aquí durante mis ratos libres. No les puedo hablar del bello paisaje porque no lo veo así, aunque no les voy a mirar mal si veo que disfrutan contemplando el ir y venir del mar hasta la tierra. Ya no.
Sé que las cosas han cambiado mucho desde que aquel chiquitín jugaba a levantar castillos e imperios de arena mojada, o achinaba los ojitos mirando al cielo mientras llovía para ver de dónde caía el agua, o se iba a dormir queriendo con muchas muchas ganas que llegase el día siguiente para llevar a cabo su próxima ocurrencia, jugar con sus amigos o ver a esa chica a la que nunca nunca le llegó a hablar. Hoy para nada es así. Es cierto que ya he aprendido a que mi islita no le haga daño a nadie ─aunque ojalá nunca nadie hubiera sufrido por esta suerte mía─, y también es verdad que estoy esperando a que se vaya esta bruma. Estoy deseando poder sonreír al sol, pero antes deben cambiar cosas que no dependen del todo de mí ni de nadie.
¿Sabes lo que te pasa?
Que eres un infeliz
y nunca
vas a ser feliz
con nadie.
jueves, 23 de mayo de 2019
Cuídalo
Cuídalo, por favor, cuídalo.
Porque es pequeño y olvida
que la vida no es fingir ni huir
ni esconderse detrás de las quimeras
que repite sin querer.
Cuídalo porque ya no sabe pedir amor
y sus ojos se han caído en un lugar
que nadie ha pisado nunca,
y sus manos han perdido el tacto,
y su cuerpo no recuerda
la forma que tiene un abrazo.
Cuídalo, por favor. Cuídalo.
Porque ahora es pequeño
y ya no es grande,
porque ahora sabe que no es nadie
y ha dado el salto a las mañanas
donde importa nada el café,
y se ha caído dentro de una pregunta
parecida al silencio de todo lo que tiene.
Cuídalo porque es pequeño
y no entiende que huye
sin querer de la vida
que no sabe tener.
Porque es pequeño y olvida
que la vida no es fingir ni huir
ni esconderse detrás de las quimeras
que repite sin querer.
Cuídalo porque ya no sabe pedir amor
y sus ojos se han caído en un lugar
que nadie ha pisado nunca,
y sus manos han perdido el tacto,
y su cuerpo no recuerda
la forma que tiene un abrazo.
Cuídalo, por favor. Cuídalo.
Porque ahora es pequeño
y ya no es grande,
porque ahora sabe que no es nadie
y ha dado el salto a las mañanas
donde importa nada el café,
y se ha caído dentro de una pregunta
parecida al silencio de todo lo que tiene.
Cuídalo porque es pequeño
y no entiende que huye
sin querer de la vida
que no sabe tener.
Está lejos de su tiempo y de los días que no volverán. Cuídalo, porque está lejos y no sabe leer los mapas, y ya no tiene rumbo, y no sabe a qué llamar hogar si nadie le espera cuando se apagan las luces.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




